martes, 8 de marzo de 2011

“Doesn’t matter if it is raining, won’t you walk me through it all?”

Los dos grandes amores en mi vida como fan de la moda se llaman Cristóbal Balenciaga y Nicolas Ghesquière. No sé si les pasó a los demás pero sus diseños me hicieron ver la moda como algo muy diferente, porque en un Balenciaga (original) importa lo mismo la estructura que la apariencia final. Es decir, es una combinación entre adentro y afuera.

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Gracias a la obra de Balenciaga comprendí que la perfección existe y puede volverse atemporal. También asimilé de otra forma un uso primario de la ropa: protección. Piensen en las formas de un abrigo, ¿no se asemejan a un caparazón? Sí, es cierto, el bouclé de lana y los satines protegen del frío y la desnudez pero si don Cristóbal los trabajaba también protegían del ridículo y la incomodidad.

Por alguna razón decía Diana Vreeland que, usando un Balenciaga, ninguna otra mujer existía en una habitación. Sabemos que es muy fácil saturar de drapeados, adornos y colores una prenda pero con la simplicidad se atrae mayor atención a los detalles. Si éstos no eran perfectos, Balenciaga mandaba destruir la prenda. Podemos novelizar este hecho agregando que las rasgaba con sus propias manos. Le da más drama a nuestra historia.

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Creo que jamás les he contado cómo llegué yo a Balenciaga. No es que haya nacido fan de Cristóbal y me hubiera vestido de Ghesquière para mi graduación (a decir verdad, asistí a mi última graduación cuando salí de la escuela primaria y eso no cuenta). Esa historia tiene que ver con la información y con unas sandalias de strass.

Hace casi 6 años trabajaba los domingos y con me gastaba ese minisueldo en aguas Evian, ejemplares de Vanity Fair y llegaba a las fiestas con botellas de mezcla para preparar Margaritas. Ya saben, uno tiene 18 años, todo se le hace fácil, gasta a manos llenas en estupideces y se arrepiente después.

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El punto es que en la edición de octubre o noviembre de Vanity Fair venía algún estilismo aburrido con las sandalias más hermosas que había visto hacia ese momento. Un par de sandalias Balenciaga, de raso negro y con cintas de strass en el tobillo. Un diseño de Pierre Hardy, a quien conocí mucho después. Eran otros tiempos, chicos. Louboutin aún no era el fenómeno masivo de ahora (guiño hacia los que creen que seis años son una eternidad).

Vi otras prendas de esa colección (otoño 2005) y quedé encantado. Luego me regalaron una revista española con un contenido totalmente olvidable. Sólo recuerdo una frase de portada: "Cómo son nuestras pijas". Todo lo demás, salvo la frase y un artículo con vestidos originales de Balenciaga, se borró de mi mente. La marca entró tímidamente en mi esfera de intereses y, a partir del otoño de 2006 se convirtió en mi favorita de toda la vida.

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El amor no siempre es regular y por mucho que amemos a algo o a alguien tendremos altibajos. Creo que eso pasa con las parejas con mucho tiempo de casadas (o comprometidas): el ver al objeto de su afecto a cada rato agria su pasión, se vuelven más intolerantes a los errores del otro y cuando la indiferencia se apodera de ambos puede que estemos ante el final.

Confieso que ya me ha sucedido algo similar con otros diseñadores. Del amor pasé a la indiferencia y luego se volvieron un incordio para mí. Y confieso que mi marca favorita, la que se ganó mi atención con unas sandalias de strass y mi corazón en el otoño del 2006, estaba enfrentándose contra mi indiferencia. Sus últimas colecciones (resort y prefall incluidas) no movieron algo muy fuerte en mi y a pesar de que hice una entrada sobre su última colección de otoño (en la que abrigos, accesorios y zapatos tuvieron una buena acogida de mi parte), ya había pasado un cierto tiempo sin que Balenciaga hubiera tocado mi corazón.

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Creo que tiene que ver con el cambio de sede. Lo interpreté como etapas. Si siguen a la marca pueden recordar que a partir del otoño de 2009 se cambió a un nuevo espacio en el Hotel de Crillon. El espacio anterior (ignoro si era una bodega o un espacio de su tienda), cambiaba de acuerdo con el concepto de cada desfile. Era cuestión de agregar luces y espejos. Sin embargo, aquí el lugar sigue siendo el mismo. Siento que descontextualiza casi todos los desfiles, por más que lo intenten. Como saben, un espacio es importante cuando presentas un desfile porque puede integrar el concepto o echarlo a perder.

Lo que mantenía mi interés y mi esperanza por la firma era la técnica de las prendas. A pesar de tener ideas un poco repetitivas, Ghesquière no ha tomado la salida fácil en la confección. Los materiales y los detalles siempre alejaban a Balenciaga de las colecciones simplonas. Aún así, seguía temiendo que la marca ya no me emocionara más, que se acabara la hora de éxitos de Nicolas Ghesquière, que Balenciaga se hundiera en la oscuridad.

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Hasta ahora.

En este desfile todo volvió a tener sentido para mí. Por primera vez en mucho tiempo, el concepto está enteramente afianzado con el decorado y la música del gran Michel Gaubert (quien es un gran DJ pero había estado entregando soundtracks muy parecidos en estas últimas tres o cuatro temporadas). Volvió la emoción a la firma.

Tenía miedo de que en París no nos presentaran un desfile memorable. Han sido tiempos bastante complicados y el sentimiento general ha sido de tristeza y desconcierto. Seguimos sin saber qué vaya a pasar, qué tanto nos va a afectar el cambio, si podremos despedir a la era que acaba de terminar. Es un final amargo, pero la única nota de dulzura que me ha dado esta temporada en París ha venido de Balenciaga.

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La estructura de los diseños sigue siendo igual de fuerte pero las formas están evolucionando. Sí, el desfile tiene repeticiones pero están variando de manera muy sutil, como una historia bien contada. Cuando veo el desfile completo siento que tiene una narrativa impresionante. Los personajes son las telas y la forma en la que fueron cortadas y cosidas. La música no hace mas que apoyar a esa narrativa, de principio a fin.

¿Hay ecos de Balenciaga? Sí, en las chaquetas y los abrigos. Se pueden reconocer a varios metros de distancia, pero le podemos agradecer a Nicolas Ghesquière que respete y homenajee la herencia del mejor diseñador del siglo XX (a mi parecer). Los accesorios son increíbles y los zapatos tienen algo que es atractivo y amenazante al mismo tiempo.

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El escenario por fin dejó de ser tan rígido. La virtual ausencia de proyecciones (porque a una pantalla en gris eterno no se le puede llamar proyección ¿o sí?) y el piso nos hacen olvidarnos de la decoración clásica del hotel. No es un escenario del futuro ni un homenaje a Kubrick, es una mezcla entre la historia y la innovación. Y eso es el concepto que se ha venido manejando en Balenciaga desde que Nicolas Ghesquière tomó la dirección de la firma en 1997.

 

Se dijo que las siluetas recordaban armaduras y esto es un tema recurrente en los diseños de Cristóbal Balenciaga y Nicolas Ghesquière. Yo creo que es más que prendas con apariencia rígida. Es una protección ante la desazón que reina en la capital de la moda.

 

 

 

Este post va dedicado a @MissCocochic por haberme ayudado a encontrar mi Vogue Paris de Tom Ford. Estoy seguro de que se volverá un documento social.

3 comentarios:

gratis total dijo...

excelente reflexión! ha sido una de sus mejores colecciones

Guapóloga dijo...

Las sandalias! Las amo!Gran post, my darling!Aprendí mucho!
Besos

MissCocochic dijo...

Muchas gracias por la dedicatoria, en un post tan reflexivo y sincero.Balenciaga es de mis marcas favoritas.